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Amberes y Gante
Amberes y Gante me sorprendieron por cómo conjugan medievalismo y diseño de vanguardia sin renuncias: cada rincón respira lujo consciente y coherencia estética.
Por Estefanía Ruilope · ELLE Gourmet · 5 de octubre de 2026

Amberes y Gante son ciudades que no te permiten pasar desapercibido. Llegué esperando arquitectura gótica y me encontré con algo más complejo: dos espacios donde la historia y la contemporaneidad negocian cada metro cuadrado sin que uno sofoque al otro. El Hotel Flora fue mi primer descubrimiento, ese refugio diminuto con solo siete suites donde cada habitación es un mundo cromático distinto —la amatista, la esmeralda— diseñado por Gert Voorjans de forma que el color no es decoración, sino el protagonista de la noche. Lo que más me fascinó fue entender que en estas ciudades, la moda no es una industria ajena sino el pulso vital: Dries Van Noten en su Het Modepaleis, Nathalie Engels en Gante con sus tejidos nobles y producción responsable, Souad Feriani y su camisa perfecta como manifiesto de sastrería. Conocí restaurantes donde los chefs —como Koen Lefever en Pakhuis o los de Hertog Jan— no hablan de innovación sino de respeto al producto de temporada, y pastelerías donde Roger van Damme, campeón mundial en 2017, trata los postres como arquitectura comestible. Hasta las boutiques minúsculas, como Paarl con sus bolsos de hormigón y mármol, entienden que lo exclusivo no es lo caro sino lo pensado. Me quedé con la sensación de que aquí no existe la frivolidad: incluso en una taza de café de Ludo Café o en un cóctel de The Cobbler hay una intención clara, casi obsesiva. Eso es lo que distancia estas ciudades del turismo de resort: cada decisión, cada detalle, cada material cuenta una historia de coherencia.