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Constanza Rosell, la mujer que cambió la publicidad por un pincel y un horno de cerámica para rescatar el arte del azulejo artesano en Madrid
Constanza Rosell abandonó la publicidad para pintar azulejos a mano en Madrid, rescatando un oficio artesanal que parecía condenado al olvido.
Por Estefanía Ruilope · El Mundo · 9 de septiembre de 2026

Conocer la historia de Constanza es entrar en ese espacio cada vez más raro donde alguien decide que ganar dinero importa menos que recuperar las manos. Ella venía del otro lado del Atlántico, de Lima, con ese talento innato para dibujar que luego intentó domesticar en una agencia de publicidad madrileña. Pero la ansiedad llegaba cada mañana: sentía que se estaba convirtiendo en alguien que ya no era. Un consejo de Idoia Cuesta —"si quieres aprender un oficio, necesitas un maestro"— la lanzó a Portugal, donde una artesana local le enseñó que los azulejos eran mucho más que piezas de cerámica. En su taller compartido en la zona norte de Madrid, cada pieza que toca sale diferente, y eso no es un defecto sino precisamente lo que la hace hermosa. Lo que más me fascina es su rechazo absoluto a escalar, a convertirse en empresa: "Yo no quiero ser una business woman. Quiero ser artesana", dice con una claridad que en esta época suena casi revolucionaria. Ha pintado 3.500 azulejos para Renatta&Go, diseñó la barra de La Txapa llevando San Sebastián a la cerámica, pero su verdadera obsesión está en investigar, documentar, clasificar estilos antiguos con ese cuaderno que nunca abandona. Constanza entendió algo que hemos olvidado muchos: que la belleza de una cosa reside en su irreproducibilidad, en el tiempo que cuesta hacerla bien, en la historia que cada azulejo puede contar de quien lo encarga. Eso es lo que intenta preservar mientras pinta, una tradición que podría desaparecer si nadie como ella decidiera que merece la pena vivir más lentamente.