Reportaje· Viajes
Descubriendo la campiña inglesa en soledad
Perseguí a Jude Law por los pueblos de Somerset y lo único que encontré fue mi propia obsesión (y unas tiendas extraordinarias).
Por Estefanía Ruilope · Condé Nast Traveler · 25 de enero de 2018

Llegué a Bristol con un plan aparentemente ridículo: rastrear a Jude Law por la campiña de Somerset porque The Holiday me había cautivado. No era una búsqueda racional, lo sé, pero después de pasar la Navidad anterior viendo a Cameron Díaz enamorarse de su personaje Graham en esos pueblos de película, algo en mí necesitaba vivir esa ilusión. El taxista Barry, que se convirtió en confidente durante los trayectos, ya me miraba con ese gesto de los ingleses que dice 'está un poco loca pero me cae bien'. Me alojé en el George, un hotel que respiraba siglos en el Market Place de Frome, y allí empezó mi persecución absurda: subí por Gentle Street admirando las casas de piedra de colores, entré en Sisters Guild preguntándome si él haría lo mismo, me dejé llevar por las plantas tropicales del salón de té Moo And Two hasta el punto de comprar una taza con un mensaje que nunca bebería. La calle Catherine Hill se convirtió en mi laberinto de escaparates: vinilos en Covers, complementos para perros en Winston James Woof (me compré una correa liberty para el mío), las curiosidades de Mary Kilvert. Lo irónico es que no encontré al señor Law, claro, pero sí descubrí algo más valioso: esos pueblos tienen una magia propia que no necesita de actores para existir. Cuando caía la noche, abandoné la búsqueda en The Archangel, un pub con ángeles en las paredes donde la sopa de tomate era mejor que cualquier encuentro cinematográfico. Al día siguiente, en Sam's Kitchen Deli, una camarera me susurró sobre Babington House como si fuera el Santo Grial. Pero para entonces ya había entendido que lo mejor de perseguir fantasmas por la campiña inglesa era perderse en el camino.