Magazine

Artículo· Viajes

El verano se acaba, pero siempre nos quedará Menorca

Septiembre es el momento perfecto para descubrir Menorca sin prisa, entre calderetas de langosta, ginebra artesanal y playas vacías.

Por Estefanía Ruilope · Condé Nast Traveler · 20 de septiembre de 2019

Lee el artículo original en Condé Nast Traveler

Menorca tiene ese don de parecer ajena al tiempo, pero en septiembre revela su verdadero carácter: el de una isla que no necesita griterío ni masificación para conquistar. Fui persiguiendo las paradas gastronómicas que desaparecen con el verano, empezando por esa caldereta de langosta en Es Cranc que es casi un rito de cierre de temporada. El contraste me golpeó cuando llegué a Gin Xoriguer: una pequeña fábrica artesanal en la plaza del Carmen de Mahón donde aún elaboran la ginebra como lo hacían hace siglos, con técnica de mano y paciencia. No fue solo una cata, fue entender por qué esa botella está en bares de todo el mundo. Luego descubrí el Menorca Experimental, un agroturismo de lujo decorado por Dorothée Meilichzon en una finca del XIX, donde el silencio es el verdadero lujo y los cócteles artesanales saben a filosofía. Lo que más me atrapó fue comprobar que la isla no vive de sus referencias turísticas sino de detalles: las hamburguesas de Paput en Mahón, los tintos de Binifadet que mejoran año a año, el pulpo a la brasa servido en una terraza de parra. Cova D'en Xoroi, ese bar legendario sobre una gruta natural, me hizo entender que Menorca no necesita atrapar turistas con historias de piratas turcos ni supervivientes de naufragio, aunque las tenga. Lo que la hace irresistible es ofrecer exactamente lo contrario a lo que huyes: calma, productos honestos, lugares donde el mimo en los fogones sigue siendo lo más importante. Cuando cierro septiembre en Menorca, me llevo la certeza de que volveré.