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La asesora cultural que aconseja a clientes de todo el mundo y gestiona una residencia de artistas en la sierra de Madrid

Sara construyó su carrera en el arte sin mapa, visitando galerías durante la crisis y convirtiéndose en asesora de coleccionistas internacionales desde una oficina en las Salesas.

Por Estefanía Ruilope · El Mundo · 9 de mayo de 2024

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Conocí la historia de Sara en un momento en que muchos en el sector del arte siguen pensando que hay un único camino establecido para llegar, y su trayectoria desmorona esa idea por completo. Lo que me fascinó fue descubrir cómo durante 2008, cuando casi nadie apostaba por nada, ella eligió quedarse en Madrid visitando galerías casi como un ritual diario, sin plan maestro, hasta que el oficio la encontró a ella. Esa forma orgánica de construir carrera es lo opuesto a cómo se enseña en las escuelas, pero resulta que funcionó: ahora gestiona artistas dispersos por todo el mundo, viaja a Basel, Miami y Hong Kong para estar donde ocurre realmente el arte, y ve el mercado con ojos de quien entiende que la estabilidad no existe en esto. Lo que más me gustó fue su honestidad al hablar de por qué rechazó representar artistas: simplemente no encajaba con su forma de entender el trabajo. En lugar de forzar un modelo, creó el suyo propio. Y mientras sigue con su doctorado sobre cómo el arte influye en la ciudad (esas dos horas sagradas cada noche cuando sus hijos duermen), ha montado una residencia en la sierra donde los creadores pasan un mes conviviendo con la naturaleza, y ahora impulsa una feria de cerámica contemporánea que será apenas la segunda en Europa. Sara representa algo que necesitamos más en Madrid: gente que construye ecosistemas de arte sin esperar permiso, consciente de que el sector debe profesionalizarse pero sin perder esa capacidad de riesgo que tuvo a los 30 años, cuando decidió que si pensaba demasiado nunca comenzaría.