Guía· Gastronomía
Ruta gastronómica por Cap Ferret, donde las ostras son veneradas
Descubrí que en Cap Ferret las ostras no son solo comida: son una religión vivida sobre el agua, entre pinos y caminos de arena donde la bicicleta es la única que tiene prisa.
Por Estefanía Ruilope · El Mundo · 12 de octubre de 2025

Cap Ferret me atrapó desde el momento en que entendí que aquí el ritmo lo marcan las mareas, no el reloj. Pedaleé entre pinos y diminutos pueblos —Le Canon, L'Herbe, Piraillan— descubriendo que las ostras no son simplemente un producto: son la identidad del lugar, veneradas en terrazas sobre pilotes donde casi tocas el agua con los pies. Lo que más me fascinó fue encontrarme con esas más de 40 ostrerías familiares, cada una con su propia historia, abiertas con esa destreza casi hipnótica que solo da la tradición. Alain, que lidera las rutas de Cap Gourmand, me llevó por las mejores, y mientras probaba ostra tras ostra —cada una con su limón y su vinagre con chalota—, me contaba anécdotas que tejían el alma del lugar. Pero Cap Ferret es mucho más que ostras: encontré los ahumados 100% sostenibles de Fumette directamente de la bahía, esas dunas blancas crujientes con praliné que empezaron como una broma del hijo de un panadero y ahora son delicatessen. L'Escale, junto al muelle de Bélisaire, me sorprendió por cómo manejaba la simplicidad y la animación sin forzar nada; el Hôtel de la Plage reformado mantiene ese aire despreocupado de antes pero más pulido; y Chez Hortense, en una cabaña de pescadores con doble vista a la bahía y la Duna de Pilat, reclama fama por sus mejillones con jamón aunque la lubina es casi hipnótica. Lo que más me llevé fue esa sensación de que en Cap Ferret nadie corre, nadie vende humo: se come bien, se vive lentamente, y el agua local Abatilles —descubierta por accidente buscando petróleo en 1923— acompaña todo como si fuera destino, no casualidad.