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Artículo· Gastronomía

Sentados a la mesa del chef

Descubrí cómo algunos de los mejores chefs del mundo cocinan directamente para ti, en mesas tan íntimas que casi podrías robarles las recetas.

Por Estefanía Ruilope · Condé Nast Traveler · 29 de junio de 2018

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Lo que más me fascinó de estos espacios no es tanto el nombre de los chefs o las estrellas Michelin que cuelgan en sus paredes, sino esa ruptura de la barrera invisible que normalmente existe en un restaurante. Cuando visité sitios así, entendí que estamos ante algo más que gastronomía: es teatralidad, confianza y una reivindicación de lo artesanal en plena era del servicio automatizado. Desde aquella casa señorial en lo alto del Duero donde el chef abre su cocina a grupos reducidos y comparte sus secretos sobre productos de temporada, hasta el legendario Eleven Madison Park de Nueva York donde apenas caben dieciocho personas alrededor de una barra y Cesar Ramirez teje su magia durante dos horas y media con veinte mini platos de precisión japonesa combinada con técnica francesa, todos estos espacios comparten un denominador: la intimidad como lujo supremo. Me quedó grabada la filosofía de James Knappett en su experimental londinense, escondido tras una puerta casi clandestina: "Queremos que la gente sienta que cocinamos para ellos en casa". Eso es lo revolucionario. No es sobre el precio —aunque sean caros—, sino sobre ese momento en que el chef levanta la vista de sus manos y ves en sus ojos que realmente te está cocinando a ti, no a una mesa genérica. Ya sea degustando creaciones asiáticas con toques brasileños en el Tangará de Jean-Georges en São Paulo, o compartiendo una mesa de chef para cuatro personas con Masaki Sugisaki en Tel Aviv mientras hace sushi frente a ti, la experiencia rompe con el ritual frío del restaurante convencional. Lo que estas mesas secretas nos devuelven es lo que habíamos perdido: la cocina como acto de generosidad, no de espectáculo.