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Un paseo emocional por la Barcelona de Javier Mariscal del vermut de Poblenou a las naranjas de Santa Caterina

Javier Mariscal me reveló cómo Barcelona —entre vermuts de Poblenou y naranjas de Santa Caterina— sigue siendo su brújula creativa después de décadas viviendo en ella.

Por Estefanía Ruilope · El Mundo · 17 de marzo de 2026

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Visitando a Javier Mariscal en su estudio de Poblenou comprendí por qué esta ciudad no es solo su geografía, sino su lenguaje emocional. Mientras me mostraba su reloj para Swatch Destination Art, algo quedó claro: Mariscal habla de Barcelona como poeta que es, pero sin romanticismo fácil. Esa frase suya sobre la Rambla —"un útero, un espacio de entrada y salida constante"— debería estar grabada en bronce en las Ramblas. Lo que más me impactó fue entender que su obsesión por las naranjas no es capricho de artista excéntrico, sino filosofía de vida: espera el momento exacto del año, las pela con cuidado en Santa Caterina, y las come solas porque la naranja "es memoria, temporada y espera". Eso resume su manera de ver Barcelona completa. No se deja llevar por comparaciones con otras capitales europeas, pero sí reconoce la singularidad de una ciudad que combina la disciplina nórdica con la mesa larga del sur. Me quedó grabado algo que mencionó casi de pasada: la inmigración ha hecho que Barcelona madurara, que el catalán se hablase con múltiples acentos y procedencias sin que eso significara debilidad, sino fortaleza. A sus años, trabajando con apenas cuatro personas en un espacio tranquilo rodeado de plantas, ha entendido que el verdadero cambio no es huir de la ciudad, sino elegir el ritmo propio. Sigue viniendo cada semana, pero ya no necesita demostrar nada. Solo observar Barcelona con esa serenidad de quien finalmente encontró su lugar en el mundo.