Magazine

Reportaje· Viajes

Un vergel en medio de los Andes

Descubrí que el verdadero lujo en los Andes no es la conexión a internet, sino la ausencia de ella en El Barreal.

Por Estefanía Ruilope · Condé Nast Traveler · 3 de mayo de 2019

Lee el artículo original en Condé Nast Traveler

El Barreal se merecía estar en mi lista de lugares imposibles de llegar, pero exactamente por eso vale la pena ir. Cuando Mendoza queda atrás y la ruta se convierte en una aventura a través de la precordillera andina, empiezas a entender por qué este pueblo ha permanecido tan ajeno al mundo. No es un trayecto de dos horas como te dirán los locales —los casi tres kilómetros de camino sin asfaltar cerca de la frontera con Chile garantizan que te detengas a cada curva para fotografiar álamos y sauces que emergen del desierto como un espejismo verde. Lo que más me sorprendió fue descubrir que la ferretería del pueblo funciona como la oficina de turismo no oficial: allí se organizan las mejores rutas a caballo hacia La Teta Colorada, desde donde se ven el Mercedario y el Aconcagua. La Posada de los Patos, con su patio central de influences mexicanas y terrazas que miran directamente a la cordillera, es el único lugar donde encuentras wifi sin sentirte fuera de lugar. Pero lo revelador fue pasar tiempo en la finca de Cecilia Zunino, donde De mi Campo elabora sus productos gourmet orgánicos al borde del río Patos: viendo cómo el romero y el eneldo crecen entre la amplitud térmica de los Andes y las aguas de deshielo, comprendí que hay lugares donde la dificultad de acceso no es un problema sino una protección. El Barreal no necesita wifi ni carreteras de lujo para ser extraordinario; de hecho, creo que su verdadera fortaleza está en que obligue al visitante a desconectar y aprender a mirar el cielo nocturno que, con casi trescientos días despejados al año, es probablemente lo más limpio que verás en tu vida.